Los cambios climáticos representan un desafío ineludible de la próxima década, con impactos irreversibles en las personas, el medio ambiente y la economía. En los últimos años, las temperaturas han alcanzado máximos históricos, varios países han enfrentado períodos de sequía extrema y los eventos atmosféricos extremos han causado decenas de desastres naturales, provocando la migración de millones de personas, inseguridad alimentaria, aumento de la pobreza extrema, destrucción de empleos y graves problemas de salud pública.
La gran mayoría de la producción energética, a nivel global, aún depende de combustibles fósiles. Las tendencias demográficas, los hábitos de consumo de las sociedades contemporáneas y las necesidades de calefacción y refrigeración impulsadas por los cambios climáticos, apuntan a un aumento de la demanda energética que puede llegar al 30% hasta 2040.
La producción de electricidad renovable es un vector central de la descarbonización de la economía, contribuyendo activamente a mantener el calentamiento global por debajo de los 1,5º grados al final del siglo.
Energía como la del viento, el sol, las olas del mar o el volumen de un río. Energía de elementos que Portugal conoce tan bien.
¿Y si estas dos fuerzas trabajaran juntas, de forma simbiótica, para que la protección de una lleve al crecimiento de la otra?
Finerge quiere liderar con el ejemplo, contribuyendo a una sociedad baja en carbono, con infraestructuras seguras y modernas, empleos verdes e inclusivos, zonas rurales más competitivas y ecosistemas naturales resilientes.
Europa y el país tienen objetivos claros para la reducción de su huella ambiental: en 2050, Portugal quiere alcanzar la neutralidad de carbono.
Recurriendo a la ciencia de punta, Finerge encuentra la forma de recoger y transformar la fuerza de los elementos naturales.
El resultado es una energía más limpia, que impulsa una sociedad más equitativa, una economía moderna y competitiva y la protección del capital natural.